En República Dominicana, los datos del Ministerio de Educación registraron más de 47.000 episodios de maltrato verbal entre agosto y diciembre de 2025. El patrón cambió: ya no son los adolescentes el grupo más golpeado. Son los niños de 9 a 14 años. Y la violencia escolar no retrocede, escala.

El bullying ya no espera a la adolescencia
El acoso escolar tiene cara nueva. Ya no es el matón del último año de bachillerato. Ahora empieza antes, mucho antes.
Especialistas reunidos en el Segundo Panel sobre Conflictividad y Acoso Escolar, organizado por el Centro Profesional Psicólogos Unidos en Santo Domingo, lanzaron una advertencia que debería encender las alarmas de cualquier padre, maestro o psicólogo: la violencia en los centros educativos de República Dominicana se ha desplazado hacia niños de entre 9 y 14 años. Un rango de edad en el que, hasta hace poco, el problema era considerado marginal.
Eso ya no aplica.
Los números que nadie quiere leer en voz alta
Entre agosto y diciembre de 2025, el Ministerio de Educación dominicano registró 17.059 casos formales de acoso escolar, 29.331 agresiones físicas y 47.487 episodios de maltrato verbal. Solo en cinco meses.
No son estadísticas abstractas. Cada uno de esos registros es un niño que llegó a casa con algo roto por dentro, a veces sin saber nombrarlo.
Lo más preocupante no es el volumen. Es la dirección. Lo que antes eran burlas y empujones está evolucionando hacia formas más graves, incluyendo —según señalaron los especialistas— la presencia de armas dentro de entornos escolares. La violencia no se estancó. Se refinó.
Por qué fallan los programas de prevención
Desde la consulta clínica, esto tiene una explicación que las campañas institucionales tienden a ignorar: la mediación entre pares, las mesas de diálogo y los talleres de cultura de paz funcionan cuando el problema aún está en superficie. Cuando ya hay un patrón instalado, cuando el niño agresor lleva meses operando desde el miedo o el dolor propio, esos recursos llegan tarde.
Luis Vergés, presidente fundador del Centro Profesional Psicólogos Unidos, lo planteó de forma directa durante la jornada: el dolor que genera el bullying no puede quedarse como herida. Tiene que transformarse. Pero esa transformación no ocurre sola, y no ocurre con un afiche en el pasillo del colegio.
Lo que los programas preventivos no siempre incorporan es la dimensión psicológica del agresor. El niño que acosa también está en problemas. Generalmente, no menores.
Lo que ocurre en el cerebro de un niño entre 9 y 14 años
Esta franja de edad no es aleatoria. Entre los 9 y los 14 años, el cerebro infantil está en plena reorganización. La corteza prefrontal —la parte responsable de regular impulsos, medir consecuencias y desarrollar empatía— todavía no madura. No es excusa. Es biología que exige intervención temprana y especializada.
Un niño que a los 10 años normaliza humillar a otro, que aprende que el poder se consigue intimidando, que no recibe señales claras de que ese comportamiento tiene un costo real: ese niño tiene muchas probabilidades de llegar a la adolescencia con un patrón de relacionamiento que le hará daño a él y a quienes le rodean.
La psicóloga Marisol Ivonne Guzmán, quien moderó el panel, y representantes del Ministerio de Salud Pública como la doctora Mónica Carrión, coincidieron en señalar que la salud mental estudiantil no puede seguir siendo un apartado secundario en las agendas educativas.
El niño víctima que nadie ve
Hay un perfil que consulta tarde. El niño que lleva meses siendo acosado, que aprendió a minimizarlo para no preocupar a sus padres, que tiene un rendimiento académico que se desploma de forma silenciosa y que, cuando por fin alguien pregunta, dice que «no es para tanto».
Ese niño está desarrollando, en tiempo real, una narrativa sobre sí mismo: que no merece defenderse, que algo en él atrae el problema, que el mundo funciona así y hay que aguantar.
Esa narrativa, si no se trabaja, no desaparece con el cambio de colegio ni con el paso del tiempo. Se instala.
Lo que esto significa para ti hoy
Si tienes un hijo, un alumno o un familiar en ese rango de edad, estas son las señales que no deberían ignorarse:
- Resistencia repentina a ir al colegio sin una causa física visible
- Cambios en el estado de ánimo sostenidos en el tiempo, no episódicos
- Pérdida de amistades previas o aislamiento progresivo
- Reacciones de miedo o ansiedad ante ciertos nombres, lugares o situaciones escolares
- Objetos que desaparecen, ropa dañada, excusas poco creíbles
Ninguna de esas señales confirma por sí sola que hay acoso. Pero todas juntas merecen una conversación real, sin minimizar, sin «seguro exageras».
Si tu hijo ha cambiado y no sabes por qué, o si sospechas que algo ocurre en el colegio que él no te está contando, una sesión con la psicóloga Marcela Quiceno puede darte claridad. Atención online desde cualquier ciudad del mundo. Escríbele hoy por WhatsApp y recibe respuesta en menos de 24 horas.
Conclusión: el colegio no puede con esto solo
Los centros educativos hacen lo que pueden. Pero la violencia escolar —cuando ya alcanza las dimensiones que muestran estos datos— no se resuelve desde el aula. Requiere una articulación real entre familias, instituciones educativas y profesionales de salud mental.
El panel del 9 de abril en la Universidad Católica Santo Domingo, celebrado en el marco del Día Internacional contra el Bullying, no fue un evento más. Fue un diagnóstico en voz alta de algo que muchos preferían no mirar de frente.
El acoso escolar no espera. Y los niños de 9 a 14 años tampoco pueden esperar a que los adultos decidan tomárselo en serio.
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